En las actuales democracias “liberales” existe un claro problema de un “déficit democrático” lo cual trae consigo otros males como la corrupción y el clientelismo. De acuerdo con esto, el proceso electoral no es suficiente para tener una plena democracia, el modelo democrático moderno tiende a agotarse cuando la participación y la democracia se limitan a las elecciones cada cuatro años y la gran mayoría de la población queda excluida de la participación en las decisiones inherentes a sus intereses cotidianos. Independiente de como sea el planteamiento del problema de la democracia en América Latina, lo cierto es que hoy nos enfrentamos a un cuestionamiento sobre la efectividad de la democracia representativa y sus instituciones. No obstante estos cuestionamientos, a partir de 1990 ha existido en América Latina, una “ampliación del experimentalismo democrático”, lo que ha significado, entre otras cosas, que la incorporación de la participación ciudadana en el proceso de reconfiguración del Estado, haya asumido un creciente y esencial protagonismo dentro de los actuales sistemas democráticos. Esta valoración de la participación y el cuestionamiento hacia la democracia representativa y sus instituciones, ha hecho que en una gran cantidad de países de América Latina se hayan incorporado -con o sin modificaciones legales- iniciativas de democracia participativa como por ejemplo, el presupuesto participativo a nivel local, e incluso, en otros países ha alcanzado al nivel regional y nacional.
Este fenómeno de inserción de nuevas instituciones participativas en las cuestionadas democracias representativas latinoamericanas, abre el debate para abordar el problema que se genera a raíz de los vínculos y la convivencia que se produce entre los nuevos mecanismos de democracia participativa con los tradicionales mecanismos de democracia representativa, para ver si éstos están siendo sustituidos, reemplazados, complementados o subordinados. En este sentido, resulta relevante analizar, por ejemplo, cómo las iniciativas de democracia participativa han logrado rediseñar las instituciones representativas en el marco de la reconfiguración del Estado, o por el contrario, no logran terminar su trayectoria institucional y finalmente se ven subordinadas a las segundas. En relación a este punto, la discusión encuentra consenso en que el problema no es discutir una exclusión o sustitución de la democracia representativa por la democracia participativa, sino que fundamentalmente la problemática de análisis estaría dada por buscar la forma de llegar a una complementariedad de ambas. El objetivo de esta complementariedad sería provocar una mayor incidencia y presencia de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones, de tal forma que efectivamente ambas modalidades de participación sean sistemas complementarios y no excluyentes entre sí. Chile debe avanzar hacia esta complementariedad, pero para ello debe superar previamente una serie de clivajes políticos e institucionales, pero por sobre todo, debemos superar clivajes culturales, especialmente “autoritarismos mentales” que obstaculizan esta complementariedad en nuestra joven democracia.
Este fenómeno de inserción de nuevas instituciones participativas en las cuestionadas democracias representativas latinoamericanas, abre el debate para abordar el problema que se genera a raíz de los vínculos y la convivencia que se produce entre los nuevos mecanismos de democracia participativa con los tradicionales mecanismos de democracia representativa, para ver si éstos están siendo sustituidos, reemplazados, complementados o subordinados. En este sentido, resulta relevante analizar, por ejemplo, cómo las iniciativas de democracia participativa han logrado rediseñar las instituciones representativas en el marco de la reconfiguración del Estado, o por el contrario, no logran terminar su trayectoria institucional y finalmente se ven subordinadas a las segundas. En relación a este punto, la discusión encuentra consenso en que el problema no es discutir una exclusión o sustitución de la democracia representativa por la democracia participativa, sino que fundamentalmente la problemática de análisis estaría dada por buscar la forma de llegar a una complementariedad de ambas. El objetivo de esta complementariedad sería provocar una mayor incidencia y presencia de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones, de tal forma que efectivamente ambas modalidades de participación sean sistemas complementarios y no excluyentes entre sí. Chile debe avanzar hacia esta complementariedad, pero para ello debe superar previamente una serie de clivajes políticos e institucionales, pero por sobre todo, debemos superar clivajes culturales, especialmente “autoritarismos mentales” que obstaculizan esta complementariedad en nuestra joven democracia.